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La Seguridad entra en el Debate de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)

Aeroespacial y Defensa

Los recientes acontecimientos desencadenados con la invasión de Ucrania han producido una sacudida trascendental en el tablero geopolítico mundial, haciéndonos retroceder a tiempos que todos pensábamos felizmente superados. De repente, la percepción de seguridad sobre la que se sostenían las sociedades occidentales, especialmente en Europa, ha saltado por los aires.

Durante la segunda mitad del SXX y las primeras dos décadas del siglo actual hemos asistido al mayor periodo de paz y prosperidad de la historia. Los motivos de este ciclo fueron las lecciones aprendidas por Europa tras las terribles guerras mundiales de la primera mitad del siglo, y el equilibrio de fuerzas entre bloques durante la guerra fría. Luego sobrevino el colapso de la Unión Soviética en los 90, haciendo desaparecer el conflicto potencial entre los bloques occidental y soviético durante 30 años. Si bien surgieron otras amenazas, como el yihadismo, nada parecía indicar que los conflictos de primera mitad del siglo XX pudieran repetirse en lo que llamamos mundo desarrollado. Creíamos que las confrontaciones estaban acotadas a otros territorios del globo.

Esta situación de aparente Pax Romana contribuyó al desarrollo de la globalización, acompañada y facilitada por un desarrollo tecnológico vertiginoso, rompiendo barreras geográficas y produciendo el acercamiento de valores y culturas a nivel internacional.

Como consecuencia de todo ello, las sociedades occidentales desarrollamos la percepción de que la seguridad, entendida como la protección de nuestro modo de vida, era algo que nos venía dado, pues el ecosistema global hacía que las fuerzas convergieran hacia escenarios de colaboración y concordia. Pasando de batallas físicas, como las sufridas durante toda la existencia de la humanidad, a batallas en el terreno económico.

Las sociedades democráticas occidentales, y por consiguiente sus gobiernos, reaccionaron reduciendo progresivamente la inversión en defensa, e incluso llegando a poner en duda la necesidad de contar con un esfuerzo importante al respecto. El rol principal de las fuerzas armadas, la protección del país y sus habitantes, quedó velado a la sociedad al pasarse a hablar en exclusiva de su acción humanitaria en misiones de paz Así, se creó la percepción ante la ciudadanía que la misión de las fuerzas armadas es la de acudir a territorios lejanos a preservar valores occidentales que queremos exportar al mundo, con la democracia y los derechos humanos al frente.

 

La Responsabilidad Social Corporativa

 

 

Este contexto ha servido para garantizar la prosperidad de nuestras sociedades como nunca antes, además de ser terreno fértil para el rápido desarrollo de la agenda 2030 y los objetivos de desarrollo sostenible (ODS). Por primera vez en la historia, todos los países, especialmente los más desarrollados, se pusieron de acuerdo en una agenda conjunta para responder a los retos que tenía por delante la humanidad, algunos tan inmensos como la lucha contra el cambio climático.

Mientras esto sucedía, empresas y ciudadanos adoptaron los valores de solidaridad, corresponsabilidad y sostenibilidad de esta Agenda. Así, hemos asistido en los últimos 15 años a un ilusionante y satisfactorio desarrollo de las políticas RSC en las compañías y de la concienciación definitiva de gobernantes y ciudadanos.

Desde que comencé a trabajar seriamente en el desarrollo de políticas sostenibles en el mundo corporativo, allá por 2009, hasta hoy, he visto cómo el debate, y más importante aún, la acción de empresas y ciudadanos ha dado un salto inmenso hacia los valores. El Propósito y el Negocio Responsable han pasado a ser aspectos centrales de la agenda de grandes y pequeñas empresas, y la Agenda 2030 está definitivamente en el corazón de las decisiones políticas. El plan de recuperación y resiliencia planteado por Europa y España tras la Covid19 dan buena muestra de ello.

Y cuando pensábamos que lo habíamos conseguido y nos encaminábamos decididos hacia los objetivos, cuando parecíamos dispuestos a invertir en la transición energética y la descarbonización, cuando el desarrollo tecnológico nos hacía estar más cerca que nunca unos de otros y reducía las barreras al progreso en los países en desarrollo, cuando los consumidores influían con sus decisiones de compra en la estrategia responsable de las empresas, cuando los valores parecían por fin estar en la agenda de todos…

Llega la guerra en Ucrania y nos despierta, de golpe, de nuestra ilusión. Llega la guerra en Ucrania y nos damos cuenta de que esa Seguridad que pensábamos resuelta no lo está tanto. Y nos damos cuenta de que sin esa seguridad el resto de Objetivos están en duda.

 

La Seguridad a Debate

Sin seguridad, que mantenga los valores y la forma de sociedad que tanto nos ha costado desarrollar, el resto de principios no pueden estar garantizados. Si tomamos la famosa pirámide de Maslow como referencia podemos decir que la Seguridad, que parecía un bien superado, ha vuelto a situarse en la base, sosteniendo al resto de necesidades.

Nos hemos dado cuenta de que la Seguridad siempre depende del punto más débil, que no depende de nosotros, los buenos, sino que es potestad de quienes no comparten nuestros valores para aprovecharse de nuestra debilidad y poner en riesgo todo lo que hemos conseguido. Hemos observado con horror cómo un país europeo, que quería modernizarse y miraba con ilusión al futuro, ha sido aplastado por su inferioridad en defensa.

Es el momento de abrir debates que incorporen la nueva realidad. ¿Qué implicaciones tiene esta nueva situación para la Agenda 2030? ¿Cómo mantener la Agenda sin poner en riesgo la sostenibilidad del mundo que la ha hecho posible? ¿Qué significa Seguridad? ¿Qué implica y qué esfuerzo supone? ¿Cómo integrar la Seguridad dentro de la Cultura y Valores de la Agenda 2030?

Los primeros debates y reacciones que he visto en redes sociales plantean la ecuación como un juego de suma cero. Si aumentamos la inversión en defensa, eso significaría reducir la necesaria inversión en sanidad, educación, transición energética o cooperación internacional.

Esta idea parte de considerar la defensa como el enemigo, que resta a los otros objetivos y prioridades, al drenar recursos del sistema. La cuestión es si este razonamiento es realmente correcto o si cabe la posibilidad de apostar por la defensa sin poner en cuestión el resto de principios. Cabe preguntarse por qué habría que elegir si TODO es imprescindible e irrenunciable.

 

La propuesta

La respuesta debe venir de la eficiencia de nuestro modelo económico. Lo primero debe ser poner un foco máximo en aquello que es realmente imprescindible, y saber renunciar. Esto es un mensaje importante para nuestra clase política. Cada euro invertido es una oportunidad única de dirigirnos en la buena dirección. Cada euro mal empleado causará en el futuro más perjuicio que nunca.

Lo segundo debe ser acelerar la transformación tecnológica y digital de nuestra sociedad, para aumentar nuestra capacidad de crear valor. Acelerar la revolución tecnológica en marcha, para aumentar la productividad, reducir costes y liberar recursos que puedan ser empleados en impulsar la transición energética, mejorar el uso de los recursos y la calidad de vida de las personas. Tecnología que proporcione eficiencia, para aumentar la productividad y reducir las barreras al cambio.

La tecnología va a tener en esta nueva era un rol fundamental y es más necesaria que nunca. Para ello debe tener un propósito, hacer posible un mundo mejor, más eficiente y sostenible, pero también más seguro.

Soy optimista con el futuro que nos aguarda, pero creo que quienes creemos que un mundo mejor es posible debemos integrar la Seguridad en el corazón de nuestros debates. Pasar de los ODS a los ODSS.

O dicho de otra forma ¿pasa el objetivo 16 a ser la base de todos los demás?

Rodrigo de Salas, director de Intangibles e Identidad Corporativa